Galiza: o caminho que vem

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*Artigo para Diagonal

Las actuales políticas anticrisis implican la sistemática voladura del Estado de bienestar peninsular, lo que conlleva la ruptura del pacto social y político sobre el que se asentaba el régimen surgido de la Transición. De ahí la intensidad que adquiere hoy la discusión en torno al modelo territorial. En este escenario, ¿cómo entender los resultados de las elecciones autonómicas del 21 de octubre en Galiza?

Decía Nietzsche que “cuando la casa está en llamas, uno se olvida hasta de la comida”. Y tras cuatro años de gobierno Feijoo, el incendio era ubicuo. En el plano cultural, con políticas de apartheid lingüístico, recortes o despilfarro. En el social, con más de un 17% de la población viviendo por debajo del umbral de la pobreza. O en el político, con una propuesta de disminución del número de escaños dirigida a laminar la pluralidad en la cámara. La gestión de gobierno, entendida como destrucción programada de lo público, ha sido una constante del PPdeG.

Podríamos pensar entonces, volviendo a Nietzsche, a su incendio y olvidos, que fue fruto del colapso psicológico de un país en llamas, que no pocos ciudadanos de izquierda decidieron olvidarse de ejercer su voto el 21 de octubre. Sería posible explicarnos cómo es que los dos espacios de la izquierda representativa –BNG y AGE– olvidaron marcar distancias con la socialdemocracia del régimen –PSdG–, o cómo gran parte de los movimientos sociales parecimos olvidar que nuestro papel, en un contexto de excepción y desmoronamiento profundo de los derechos sociales, es marcar agenda propia y agitar la calle ampliando el campo político.

Pero es probable que, más que un extraño olvido, el terreno en el que nos movimos fuera el de la reorientación propia de un momento bisagra nuevas alianzas. Bisagra, por arriba, al encontrarnos en la recomposición de una izquierda nacional que llegó al proceso electoral fracturada por primera vez en casi 30 años –tras la ruptura del BNG en febrero–, en conflicto abierto por el dominio del campo propio –el nacionalista– y a la búsqueda partidaria de capturar la canalización del descontento. Y tiempo bisagra también por abajo, dada la coyuntura de unos movimientos sociales en momento de impás, reubicación y creación de nuevas alianzas

En un territorio donde el movimiento 15M no tuvo una potencia de evocación y articulación similar a otros lugares del Estado, las relaciones entre indignación y movimientos sociales tardaron más de lo esperado en producir renovación y sinergias. Con todo, en las citas movilizadoras previas al proceso electoral –15O, 14N, 12M, 29M– la ciudadanía había expresado su descontento ante la austeridad y la destrucción del welfare, lo que ha hecho de Galiza uno de los territorios ibéricos con mayor porcentaje de población tomando las calles.

Con este escenario previo se llega a la campaña. Desde la perspectiva de movimiento, sobre el BNG pesaba todavía la losa de los errores del gobierno bipartito, fuertemente castigados por la izquierda social. De igual forma, el giro a la izquierda y soberanista señalado discursivamente carecía de los elementos procedimentales y temporales precisos para su constatación. De cara a la ciudadanía en general, la poca capacidad para generar innovación e ilusión política, hacía del BNG una opción a la baja con pocas posibilidades de canalizar el descontento social.

La irrupción de AGE, con una inteligente campaña basada en elementos de comunicación política, una clara adaptación del discurso a la realidad de las demandas contemporáneas, un buen trabajo en redes sociales y un reflejo en medios convencionales superior a lo habitual –fruto, en parte, del interés de los grupos de poder en desgastar al BNG–, se tornó meteórica a cada intervención de Xosé Manuel Beiras, que rompió la campaña demostrando cómo la incorrección política es un elemento clave para conectar con el desasosiego en el cuerpo social.

Analizando el resultado electoral, apuntemos como positivo que el 24% de votantes posicionaran su voto en partidos que dicen representar políticas de oposición al sistema capitalista, pregonando el camino del derecho a decidir al respecto de la cuestión nacional. En el lado negativo, al margen de análisis concretos de la arquitectura electoral –con desigual distribución de escaños entre provincias y tendencia favorable a reforzar mayorías de derecha– y sus reflejos parlamentarios, hay que decir que, pese a la caída del PSdG –que apunta, como en el resto del Estado, el camino de la Pasokización– el régimen aguanta, con un PP que a pesar de perder 130.000 votos, mantiene fuertes sus redes clientelares y conserva el 45% de los sufragios. Si bien la vertiginosa velocidad electoral maquilló la realidad, lo cierto es que más que nuevas formas de relación del interfaz representativo con los movimientos y la ciudadanía, apenas hemos podido ver, desde las izquierdas nacionales, posicionamientos de coyuntura y gestos, cuando no caricaturas. A este respecto, la coalición AGE, de discurso innovador pero compuesta en gran medida por vieja política, tiene que clarificar su futuro. De un lado cuenta con un peso desmedido de una EU (IU) –prácticamente inexistente hasta ahora en Galiza– que todavía precisa demostrar la realidad de su pregonada autonomía de la matriz estatal y su diferenciación e independencia del poso centralista y de régimen del PCE. Del otro tenemos ANOVA, con una figura con cercana fecha límite, la de Beiras, sobre la que pivota el proyecto, lo que resta espacio para la aparición de nuevas caras y renovados protagonismos, y donde las viejas prácticas verticales litigan con una nueva generación política altermundialista. Minoritaria, sí, pero enraizada en los movimientos sociales.

Por su parte, el BNG sigue siendo una gran máquina militante –con presencia real en el cuerpo social y especial hegemonía en el sindicalismo combativo– pero con riesgo de convertirse en residual de no mutar. Bien haría en hacer un análisis radical de su camino y del sentido de su existencia tal como lo conocemos. Ante el desafío histórico en el que nos encontramos, las herramientas que atraviesan hoy la izquierda política, aún en transformación, siguen sin alcanzar el imprescindible grado de validez. En realidad, lo que manejamos está aún radicalmente lejano a la representación horizontal, múltiple, participada y democrática que todos decimos querer crear.

El espacio amplio y plural a construir pasa por dos posibilidades y tres premisas. Las posibilidades son: o se da una transformación y alianza de las fuerzas políticas con representación parlamentaria afrontando de lleno las contradicciones de romper con el partido clásico. O, finalizado un nuevo acto de tragicomedia política y cosificación –BNG+AGE–, los movimientos emprendemos un camino propio, al modo, atendiendo a nuestra singularidad, de las Candidaturas de Unitat Popular catalanas. Con radicalidad, generosidad y transparencia como premisas, ambas posibilidades son complejas pero posibles. Es tiempo de construir un nuevo marco transformador. A tenor de la inteligencia, la voluntad y la capacidad política de cada uno, dilucidaremos, en breve, los movimientos y la izquierda política que tenemos. Tocará decidir, en función del país que queremos, los caminos a tomar. Con ambición y audacia, eso siempre: al modo del ‘77, aquí y ahora, también lo queremos todo.

https://www.diagonalperiodico.net/la-plaza/galiza-camino-viene.html

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