¿Podremos? Más allá del 25M

Artigo escrito o 25M de 2014 para o periódico Diagonal.

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¿Podremos? Más allá del 25M.

Si muchas eran las alarmas que hace unos meses apuntaban al riesgo de vernos estancados en el hacer contra el Régimen en el que estamos inmersos, el desenlace del proceso electoral del 25M ha ayudado a cambiar sino el miedo, probablemente sí las alarmas de bando. Tras tres años de sentir el aliento de las calles el Régimen, con la derrota del bipartidismo, sintió por primera vez aproximarse el aliento electoral de quienes le perseguimos.

Y es que más allá de otras cuestiones el 25M ha hecho aterrizar en el escenario del Reino de España algunas hipótesis de importancia que se venían debatiendo en los intersticios entre movimientos y representación y que habían tenido sus primeros momentos de experimentación en las elecciones gallegas (con, por ejemplo, la fulgurante entrada de AGE) y en las catalanas (con la irrupción de las CUP). De esta forma vemos replicarse, como mínimo, tres elementos fuerza que se hacen nodales para el futuro: por un lado, la utilidad de revulsivos electorales (en forma de alianzas o nuevas apuestas) que muevan y alteren los marcos de las izquierdas y los guiones de cada comicio, por otro la pertinencia de profundizar el eje discursivo abajo-arriba y por último, reafirmar la constatación de que existe una parte lentamente creciente del cuerpo social que ha emprendido el ejercicio del voto como mecanismo destituyente clarificando una tendencia ascendente en la subjetividad de cambio también en lo electoral. Por partes.

Vota idiota.

Si hablamos de los mecanismos que puede desatar el sufragio en un contexto de inestabilidad política no hay duda que para horadar definitivamente el Régimen bipartidista se hace esencial expandir el voto más allá de los nichos de la izquierda tradicional. En este sentido y al hilo del momento 25M, hay que felicitarse por dos cuestiones. Inicialmente, por la madurez del análisis sobre lo electoral que reside ya en una parte de los movimientos. La fecunda experimentación iniciada en los últimos años (CUP, Partido X, Podemos,..) nos ha enseñado que es tan importante burlarse de la sacralidad del voto como lo es evitar el uso moral de la abstención que, por momentos, se ha dado desde las filas activistas. Se hace necesario recordar que el voto, como cualquier otro gesto político, toma sentido y condición antagonista en función del contexto histórico y la coyuntura concreta. De mucha mayor relevancia es la otra felicitación. Es obvio que en estas elecciones se ha empezado a saber traducir (especialmente Podemos) propuestas electorales en interés y movilización de parte del amplio espectro social que sufre la crisis y que ha apostado primero en la calle (15M, Mareas, movimiento anti desahucios,..) y ahora poco a poco en las urnas por alterar el guión marcado.

En esa difícil labor -tantas veces verbalizada en los últimos tiempos, de recomponer mayorías sociales, los movimientos (con la PAH a la cabeza) y tras ellos, los nuevos experimentos de izquierda, están arañando de forma importante elementos centrales en la construcción del imaginario que ordena el sentido común general. Pero puestos a analizar el fenómeno 25M, todo indica que el voto a Podemos (o por poner otro ejemplo el voto CUP en las catalanas) empieza a ser un voto que se vincula al sentido común y, al mismo tiempo, el voto de quien paga la crisis. Desde el precariado urbano hasta el adulto telespectador desencantado. Este es un voto que cae a la izquierda pero que ha llegado desde diferentes posiciones. A llegado desde abajo, con la movilización electoral de sectores abstencionistas y de gentes implicadas en las dinámicas de movilización social. Pero también ha llegado desde la izquierda sociológica (bendita debacle del PSOE) y sí, también y aún en mucha menor medida, desde la parte más golpeada de esa realidad sociológica ambigua que hasta ahora se movía en parte de los valores discursivos de la derecha social.

Bienvenida la “Große Koalition”

El nuevo escenario, con las iniciáticas señales de desborde del bipartidismo y la potencia que lentamente van aglutinando las alternativas, refuerza al fin el desafío en el que estamos inmersos. Pero cabe recordar que será un desafío, una ventana de oportunidad ,que va a tener mucho de todo o nada. La entrada del Régimen en el marco discursivo que llevamos construyendo para él desde hace años (admitiendo la necesidad de una Gran Coalición que es, a efectos comunicativos, sinónimo de PPSOE, de Régimen) es sin duda una buena noticia: comenzamos a jugar en un marco en el que también diseñamos parte del terreno de juego. Esto abre oportunidades para desnivelar la batalla discursiva a nuestro favor. Pero debemos ser conscientes de que la puesta en marcha de los dispositivos comunicativos y políticos que acompañarán la estrategia de ‘Gran Coalición’ (si es que el PSOE se deja envolver definitivamente) hará de la guerra un reto mucho más serio y complejo. Un reto a la altura de un cambio de Régimen. Una lucha política de primer orden donde por fin públicamente y con claridad, quienes tenían secuestradas las instituciones y los aparatos de poder del Estado se muestran como uno solo ante los de abajo que, si bien hasta ahora habíamos marcado el tiempo en guerra de guerrillas, ahora deberemos enfrentar el reto de derrocar una ‘ Große Koalition’ ampliando la fuerza de las instituciones de movimiento, potenciando en forma de municipalismo ciudadano y democrático el gesto ampliado el 25M y comenzando a pensar la forma de desplegar en un futuro próximo una auténtica revolución de políticas públicas en la ocupación de lo institucional.

Bye bye Mr Socialism

Por fin ha sucedido. El PSOE se está suicidando el solo, dejando un reguero de destrucción social y legislativa a sus espaldas, pero abandonando un territorio político que las nuevas propuestas de movilización y revulsión de lo electoral están llamadas a ocupar. El 25M se ha iniciado (o profundizado en el caso de las periferias donde ya existían propuestas erosionando desde hace tiempo el espectro socialdemócrata del Régimen) el declive de una ficha que empieza a desequilibrarse y no debería encontrar a la izquierda el oxígeno que necesita para no caer.

Hacer política teniendo al enemigo en el eje de la izquierda es discursivamente difícil y complejo. Así, en el contexto en el que hasta ahora se había movido la izquierda política previamente existente (IU, ERC, BNG), construir alternativas de gobierno sin contar con el enemigo interior se hacia una tarea casi imposible cuestión esta que redundaba en desacreditar y capturar gobiernos bipartitos y tripartitos aquí y allá. De saber jugar en la coyuntura presente, es ya bien posible empezar a construir en los próximos meses espacios municipales que desborden a un PSOE que es, especialmente en lo local, dinástico y caciquil. La clave, obviamente, construir espacios democráticos de agregación desde abajo que superen los límites y formas de la izquierda clásica.

Alianzas desde abajo. Periferias-centro.

En lo que tiene que ver con el Reino de España se aclaran posibilidades. El declive del Régimen es irreversible. Pero declive es sinónimo de deterioro, no necesariamente de derrota. Para ayudar desde lo electoral a que el declive se convierta en ruptura democrática es preciso combinar las dos tensiones que atraviesan el territorio estatal, la social y la nacional. A nadie se le escapa que el 25M propone el dibujo de muchos encajes y alianzas futuras en los tres niveles de gobernanza del Estado actual. Los resultados de las izquierdas periféricas (EH Bildu, AGE o BNG) sumados a lo sucedido con Podemos proponen un escenario de auténtico desborde. A nadie se le debería escapar la controversia que IU supone, por la cultura política y por el proyecto de Estado que defiende la que todavía es su élite dirigente, para esta paulatina agregación. Con todo, la parada municipal previa debería ayudar a desdibujar los pactos entre élites y el buen hacer podría residir en reforzar los tejidos que, al margen de la suma de letras (que acaba habitualmente restando) se fusionan en la acción (como el 22M) y en lo político en un paulatino rozarse desde abajo que puede neutralizar las lógicas de los aparatos y grupos de poder.

Aparatos. ¿El inicio del fin?

Quienes hicieron de la política sinónimo de lo vertical y lo electoral convirtieron sus espacios en lugares de pasiones frías, de discursos neutros y debilitados que dibujaron el desencanto de quien ha perdido el anclaje con los valores colectivos. Pero sobre todo, hicieron de sus espacios políticos algo ajeno a la gente, aparatos autoreproductivos y antidemocráticos que funcionaron como burbujas del distanciamiento. Más allá del camino democratizador que se tiene que dar en los diversos movimientos construidos y por construir en lo electoral, al calor de los resultados del 25M está claro que es quien ha sabido mostrarse más atravesable y participado, fundamentalmente Podemos, quien ha marcado la diferencia y sumado un protagonismo social que se ha convertido en apoyo electoral. De nuevo aquí la coyuntura abre un escenario interesante. Siendo las municipales la próxima estación electoral la posición de fuerza que han ganado las propuestas participativas a través de un ejemplo como el de Podemos deberían activar los resortes para que la experimentación ciudadana tuviera posiciones de fuerza en cualquier proceso en la escala local.

Podremos?

Podemos es a día de hoy una herramienta política extraña: potencialmente determinante, al tiempo que indefinida y frágil. Sin duda su concreción debería huir de cualquier institucionalización clásica. La herramienta, programada inicialmente para una proliferación modulable en cada territorio y sector, y la procedimentalidad, que plantea elementos imprescindibles de la política por venir (revocación de mandatos, financiación autónoma,..) son las claves de una propuesta ágil y dinámica que debería cuidarse de convertirse en un cuerpo vertical y pesado.

Dos retos, que de alguna forma y gracias a su éxito hay que entender como desafíos de interés para los movimientos y las izquierdas en general, se muestran prioritarios en lo inmediato. Primeramente, sobrevivir al éxito y a una capacidad de atracción que puede derivar en un desembarco masivo de elementos con antagónica filosofía a un proyecto democratizador. Y en segundo lugar, la política de alianzas. Es importante que se diferencie entre crear el clima y las condiciones para el encuentro con otros actores y caer en la maniobra envolvente de formas políticas de la izquierda donde todavía prevalece la competición frente a la cooperación y la voluntad de control frente a la respeto a la diversidad. Por decirlo claramente. El Régimen quiere que Podemos se muestre como extrema izquierda en lo ideológico y como un partido, un espacio donde hacer pactos entre élites en lo organizativo. Pero Podemos, como cualquier espacio por crear no debería devenir cúpulas, sino gente, no debería aparentar extrema izquierda sino ser radicalización democrática, no debería ser rápidos pactos de gobierno sino graduales alianzas: devolver el poder a la gente. Esperemos que la inteligencia colectiva y el aprendizaje democrático de años de ciudadanía organizándose en calles y plazas haga de Podemos y de la confluencia con otras experiencias que, siendo nuevas o viejas, acepten funcionamientos y retos democráticos similares, un tejido sobre el que crear alianzas de cara los procesos constituyentes por crear.

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